Mi viejo ha cambiado.
Sus brazos ya no aprietan y su cabello se ha escondido.
El sabor evade su boca mientras los muebles le fastidian para levantarse.
Danzas sencillas se tiñen como hazañas vigorosas.
Sueño, insomnio y fatiga, pasean arrítmicos por su sangre.
Cuando el dolor duerme, ciño su mano trepidante.
Contamos los días, los pasos, los pardos y los rosados.
Todo simple, al momento, sin pretensión de ser recuerdo que resistirá la noche.
Mi viejo ya no es el mismo.
Repite las frases, los movimientos, tira las cosas, le asaltan miedos.
Tan enojado, tan imprudente.
Demanda vicios, pierde placeres.
Lo añoro.
Cuando la cama le presa y se agita con desesperación.
Cuando deja de hablar, de sonreír. Cuando olvida quien soy.